Adiós Charlton Heston

Written by JuanJo on abril 7, 2008

040708 1103 Adischarlto1Charlton Heston encarnó a figuras legendarias e históricas en superproducciones hollywoodenses como Ben Hur , Los diez mandamientos y El Cid ; el actor tenía 84 años

LOS ANGELES (AP).- Charlton Heston, quien ganó en 1959 el Oscar al mejor actor por el clásico Ben-Hur falleció anteayer por la noche en su casa de Beverly Hills, a los 84 años, según informó el vocero del intérprete, Bill Powers.

Cinco años atrás, la última imagen precisa de Charlton Heston que nos dejó el cine es la de un anciano que se dirige hacia el interior de su mansión de Beverly Hills y con un portazo da por terminada una tensa entrevista con Michael Moore. La escena pertenece al documental Bowling for Columbine y sucedía a otra en la que Moore, con la foto de una de las víctimas de la famosa matanza en la escuela del mismo nombre en la mano, le hablaba del hecho y le reprochaba al mismo tiempo el modo en que defendía el derecho de los norteamericanos a utilizar armas.

Por entonces, Heston tenía 78 años, y la impiadosa cámara de Moore dejó en evidencia que ese hombre de paso vacilante y la espalda encorvada estaba muy lejos de la estampa maciza, vigorosa y entera de quien se siente capaz, desde la pantalla, de hacer frente a cualquier adversidad y salir airoso. Logró ese cometido como protagonista de varios títulos de enorme repercusión (de Ben Hur a Los diez mandamientos , de El Cid a 55 días en Pekín ) que lo convirtieron en uno de los grandes héroes de todos los tiempos en el cine norteamericano, aunque siempre se sintió más orgulloso de la autobiografía que escribió al cumplir 56 años.

Allí, en el libro que tituló The Arena , narraba en primera persona una de esas vidas que siempre enorgullecieron al ciudadano norteamericano medio, la de un hombre que a partir de un origen humilde llegó muy alto a fuerza de perseverancia y convicción en sus propias fuerzas. Así supo construir una carrera única, en la que sacó ventaja a todos sus pares (tal vez con la excepción de Anthony Quinn) a la hora de llevar a la pantalla figuras en las que se mezclan historia y leyenda: Moisés, Ben Hur, Juan el Bautista, el cardenal Richelieu, Miguel Angel, Jefferson, Marco Antonio.

Sin embargo, a la hora de su trabajo creía más en la fugacidad que en el bronce al que llegaron muchos de sus personajes. “Dudo de que haya siquiera un actor importante por cada generación que pasa a la historia. Por eso hay que ver a la actuación como lo que es: una cosa efímera, un conjunto de errores”, dijo en una oportunidad.

Para encarnar a aquellos grandes hombres y a toda clase de héroes y de figuras capaces de representar la autoridad, el heroísmo, la destreza física y la fortaleza de carácter, supo aprovechar siempre al máximo su apostura. Alto, de nariz aguileña, ojos muy claros y marcados rasgos, siempre tuvo conciencia de todo lo que podía dar a partir de su inteligencia para disimular sus limitaciones a fuerza de disciplina y profesionalismo. Así, fue infinidad de veces en la pantalla el héroe de rostro pétreo e inescrutable, pero nunca le costó sacar de allí el gesto simpático que describe al padre de familia comprensivo detrás de la severidad.

“A los cinco años me dieron una barba postiza y un disfraz para que hiciera de Santa Claus en una fiesta infantil. Desde entonces, mi destino está ligado a esos trajes. Denme un casco, un caballo y una espada, y en cinco minutos habré compuesto a un héroe de esos con los que el público se emociona”, recordó en una entrevista, hablando de una temprana intuición actoral que decidió transformar en su medio de vida al llegar a la adolescencia, tras pasar la infancia en la zona rural de Michigan.

Graduado en declamación en la Northwestern University, tras pasar tres años en el ejército ingresó en una compañía teatral de Carolina del Norte, en 1947. Ese año se sumó a una producción de Broadway titulada Antonio y Cleopatra y procuró integrarse al elenco de una obra sobre Julio César. Fueron sus primeros contactos con Shakespeare, cuya obra siguió con pasió.

“No me quedo sólo con el teatro o el cine; necesito de los dos. El teatro es el país del actor y el cine, el del director. Yo he sido ciudadano de ambos”, señaló cuando era un actor consagrado, pero gracias al cine. De hecho, los proyectos más audaces de la carrera de Heston tuvieron que ver con las tablas y, por supuesto, con Shakespeare: una versión de Macbeth , junto a Vanessa Redgrave, y más de un acercamiento a Antonio y Cleopatra , que luego llevó al cine, en 1968, con una mirada que muchos calificaron de osada y temeraria.

Cuando llegó a esa instancia, Heston era una figura indiscutida de la pantalla grande, a la que arribó en 1950 cuando el productor de Hollywood Hal B. Wallis intuyó sus condiciones. El vengador invisible (1950), de William Dieterle, y La furia del deseo (1952), de King Vidor, fueron sus primeras apariciones.

“Cuando llegué al cine, era uno de los pocos actores independientes, porque todos los demás estaban contratados por los estudios a través de un sistema que se estaba acabando”, recordó, durante una de sus visitas a la Argentina, en las cuales dejaba ver que era un hombre de respuestas largas, tranquilas, abiertas y muy francas, mezcla de elaboración y espontaneidad. Manejaba fluidamente el español que aprendió en Perú, mientras filmaba El imperio de los incas , y desarrolló luego en largas estadas en tierras hispanas, por trabajo o vacaciones.

Entre nosotros, disfrutaba hablando de los actores que admiró (Clark Gable, Spencer Tracy, Cary Grant y, sobre todo, Gary Cooper), de los tiempos felices de Hollywood y del triunfo posterior de su generación, la de George C. Scott, Steve McQueen, Marlon Brando, Paul Newman. Pero siempre se lo recordará como presentador, el 26 de marzo de 1990, en el Teatro Colón, del segmento argentino de la única transmisión mundial del Oscar. Allí compartió el escenario con Norma Aleandro.

Figura indiscutida

Del western ( Hogueras de odio, La bella de Sacramento ) a la comedia ( Orgullo contra orgullo ); del drama ( La dama marcada, La furia del deseo ) a la aventura ( Marabunta, El bucanero ), todos los géneros le fueron propicios a Heston en los años 50. Pero con sus apariciones épicas en esa década y las sucesivas gracias a Los diez mandamientos, Ben Hur (por el que ganó un Oscar), El Cid, 55 días en Pekín, La más grande historia jamás contada, Khartoum y El amo de las islas se ganó un lugar de popularidad y reconocimiento masivo.

Y aunque siempre fue identificado con las superproducciones de elevados presupuestos (género en el que perseveró en los años 70 con La batalla de Midway y Terremoto ), también supo ser apreciado como intérprete, sobre todo, gracias a Sed de mal , la obra maestra de Orson Welles (“el hombre que más me enseñó a ser actor”, según confesó), y al extraordinario western Horizontes de grandeza , de Sam Peckinpah.

Hábil y certero para adaptarse a papeles adecuados a cada etapa de su vida, llevó adelante en los años 60 y 70 logradas y sombrías historias futuristas como El planeta de los simios , La última esperanza y Cuando el destino nos alcance . Más adelante en el tiempo, se sintió muy cómodo en papeles de venerables figuras históricas.

Pero a partir de la década del 80, mientras Fraser, uno de los dos hijos que tuvo con Lydia Clarke (su esposa desde 1944), proseguía la vocación familiar como director, Heston comenzó a dedicarse más a la política, tal vez ganado por la influyente cercanía de uno de sus grandes amigos, Ronald Reagan.

Como aquel, Heston pasó en la política de las filas demócratas (donde combatió la “caza de brujas” del senador Joseph McCarthy y la segregación racial) a las republicanas, desde donde hizo campaña por aquel y por los Bush. Desde ese lugar, llegó con su prédica en favor del derecho a portar armas hasta la presidencia de la influyente Asociación Nacional del Rifle (NRA).

Y así como Reagan, abandonó la vida pública tras anunciar que estaba afectado por el mal de Alzheimer, en agosto de 2002. Antes, en 2001, se había despedido del cine con una fugaz aparición en la versión de El planeta de los simios, dirigida por Tim Burton.

Allí donde Michael Moore cargó con dureza contra él, sus colegas -aun sus más encarnizados adversarios-, lo recordaron con afecto y hablaban de su dedicación a la conservación de películas en el American Film Institute, y del orgullo que siempre tuvo por su carrera. “He interpretado a tres presidentes, tres santos y dos genios. Eso debería satisfacer a cualquiera.”

Por Marcelo Stiletano – De la Redacción de LA NACION

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